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martes, 17 de septiembre de 2024

DR. FRIEDRICH WEGENER

Friedrich Wegener nació el 4 de abril de 1907 en Varel, noroeste de Alemania. Su padre era médico y su madre, directora de gimnasia sueca. 
Comenzó sus estudios en Munich en 1927 y terminó en la Universidad de Kiel en 1932. 
Ya en su educación de pregrado había desarrollado un gran interés por la patología, resultado de sus rotaciones con Karl A. Borrmann y en 1933 se convirtió en asistente del Departamento de Patología de la Universidad de Kiel. 
En junio de 1934 realizó una autopsia en un joven camionero de 38 años que falleció luego de una enfermedad febril e insuficiencia renal, notó la deformidad nasal y la inflamación del oído medio, la laringe, la faringe y la tráquea. El examen histológico de dichos tejidos mostró una granulomatosis necrotizante y en ambos riñones aumentados de tamaño se observó una glomerulonefritis necrotizante.
En otoño 1935, bajo la guía de Martin Staemmler, comenzó su trabajo como patólogo en Breslau, que fue interrumpido en septiembre del 1939 por el comienzo de la guerra. 
Wegener cuenta que durante el verano de 1936 observó 4000 autopsias de las cuales él realizó 1200. La importancia de estos meses radica tanto en la descripción de sus dos últimos casos de granulomatosis necrotizante, como en la consideración del marco histórico, ya que Martin Staemmler fue severamente cuestionado en la posguerra por los trabajos sobre higiene racial. 
En 1939 Wegener publicó la que luego se consideró la descripción clásica de la enfermedad, cuyo título fue “Granulomatosis rinógena singular”, que había sido publicada previamente, en 1936, con el título de “enfermedad séptica generalizada de los vasos”.
Es interesante leer su último artículo escrito en 1990, donde describe la historia de la enfermedad y cuenta que en ese entonces él ya conocía tres casos publicados. 
Una vez que estalla la guerra él sirve al ejército como patólogo en Lodz donde se realizaban entre 50-100 autopsias por mes, la mayoría de los cadáveres provenían de judíos del ghetto de dicha ciudad (donde murieron 43.000 personas), que quedaba solo a tres cuadras de su centro de trabajo. Es difícil creer que ante semejante evidencia Wegener desconociera lo que allí ocurría. Su trabajo terminó en 1944 cuando se enfermó gravemente de difteria, de la que se recuperó casi un año más tarde. 
Luego trabajó como cirujano en los campos de batalla hasta caer como prisionero de guerra americano. Recién en 1954, cuando Godman y Churg publicaron su artículo titulado granulomatosis de Wegener, fue que este comprendió la importancia de su descripción previa.
Retomó su carrera académica en 1964 en la Universidad de Lübeck y se retiró en medio del reconocimiento en 1970. 
Vivió para ver el descubrimiento de los ANCA (anticuerpos contra citoplasma del neutrófilo), así como el advenimiento de la ciclofosfamida que cambió el pronóstico de esta enfermedad. 
El 9 de julio de 1990, en Lübeck, Alemania, a la edad de 83 años, falleció como consecuencia de un accidente cerebrovascular.
Un punto aparte merece la relación Wegener con el régimen Nazi, tema de difícil debate y que involucró a numerosos médicos que trabajaron en la Alemania Nazi.
El caso de Wegener recibió particular interés, ya que no solo era miembro del Partido Nacional Socialista (requisito indispensable en la época) al que se afilió antes del inicio del gobierno de Hitler, sino que también recibió rango militar. Esto último hizo que fuera cuestionado en la posguerra, incluso declarado criminal de guerra por el gobierno polaco. Su archivo nunca fue encontrado y en 1947 se realizó la des-nazificación, donde numerosos testigos ratificaron su comportamiento honorable, sin poderse comprobar su participación activa en los experimentos y crímenes de guerra Nazi. 
Tal vez sea oportuno recordar la diferencia entre capacidad académica y el verdadero valor del accionar médico. La medicina, tal como la entendemos, es mucho más que claridad científica, es enfrentarse en forma cotidiana con personas que buscan ayuda y confían; esto la convierte en una de las profesiones donde se pone en evidencia claramente la valoración ética de cada acto humano.
En este sentido, no sólo son cuestionables las acciones sino también las omisiones, como el silencio de Friedrich Wegener en los años posteriores y su falta de rechazo público a los crímenes nazis.
Estos hechos han llevado a comunidad médica científica a cambiar el nombre de esta entidad y llamarla granulomatosis con poliangeítis (GPA).
El caso de Wegener es uno más de tantos otros, como por ejemplo el de Hans Reiter quien estuvo personalmente implicado en múltiples crímenes de guerra como los experimentos de fiebre tifoidea en víctimas de los campos de concentración y el caso de Julius Hallervorden reconocido por la descripción de la enfermedad de Hallervorden-Spatz o déficit de pantotenatoquinasa, pero lo que es menos conocido es que él disecó más de 500 cerebros obtenidos de pacientes a quienes les realizó la eutanasia. En estos casos, junto a otros cuadros descriptos por Hans Eppinger, Murad Jussuf Bey Ibrahim, Eduard Pernkopf, Hans Joachim Scherer y Walter Stoeckel, las sociedades científicas de cada especialidad han abogado por el cambio de nombre de dichas entidades e inclusive hay autores que quieren eliminar todos los epónimos.
Miles y miles de brillantes hombres y mujeres vivieron en la Alemania nazi y no sólo fueron capaces de grandes creaciones intelectuales, sino que lo hicieron bajo presión y a riesgo de su propia vida. De acuerdo a la filosofía de la historia y al revisionismo histórico, el gesto histórico debe ser valorado de acuerdo a las pautas vigentes en el momento en el que ese gesto tuvo lugar. 
Lo de Hitler o Hallervorden es repudiable hoy porque lo fue en aquel momento, ya que valorar pautas de hoy con gestos del pasado es difícil.
En el simple enunciado de un epónimo existe un vacío intelectual, si no lo vinculamos al conocimiento de la biografía de su autor, su nacionalidad, su especialidad, las circunstancias de su vida y de la medicina de su época.
El conocer la biografía y el entorno histórico de los descubridores o descriptores de signos, síndromes y enfermedades constituye una lección de la historia de la medicina que nos permite comprender mejor la evolución, el pasado, presente y futuro de la medicina universal. 
El estar presente en los libros de texto y ser recordado diariamente en todo el mundo al hablar de una enfermedad es un honor que la medicina debería resguardar para los grandes hombres de ciencia.

* Pablo Young (Servicio de Clínica Médica, Hospital Británico de Buenos Aires, Argentina) - Revista Americana de Medicina Respiratoria - 2015

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